lunes, 9 de noviembre de 2015

New York


New York




Siempre amé New York. No sé de dónde viene esa fascinación, pero viajar hacia sus calles, recorrer sus edificios, sus museos, sus puentes, se me hizo, desde chico, la imagen misma de la felicidad. Todavía tengo un cuaderno donde, a los cinco años, dibujé un edificio inmenso, rodeado de otros más pequeños. El dibujo no tiene título - yo apenas sabía escribir-  pero sé bien que la ciudad es New York  y el edificio el Empire State. Por suerte esta ciudad amada es reproducida hasta el cansancio en miles de películas y fotos. Digo hasta el cansancio por un decir: yo no me canso de verla. La evoco y la admiro como si hubiera nacido allí o como si alguna vez hubiera podido ir.

Sí, no sólo no he podido ir nunca, sino que las perspectivas de viajar se me hacen, por el momento, imposibles. Mi padre, en cambio, vivió allí, en New York, de los 24 a los 26 años, antes de conocer a mi madre y antes, claro, de que yo naciera. Tengo un cajón lleno de polaroids de su estadía allá. Mi padre tomando un helado en la quinta avenida, en un restaurant, en el Central Park, en plena década del setenta, siempre vestido con su característica ropa marrón o gris, demasiado clásica, con las patillas largas pero muy prolijas, mientras que detrás, se ven, en segundo plano, los carteles de los negocios en inglés y, a veces, algunos hippies, con sus ropas de colores chillones y sus melenas.

He visto tantas veces las imágenes que las conozco de memoria. Si los personajes y los fondos cambian (en vez de una lavandería, un bar llamado Miller; en vez de un hippie, una negra con peinado afro y un tapado gris), hay algo, sin embargo, que se mantiene inalterable: en ninguna de las fotos, la cara de mi padre transmite felicidad. Diría, más bien, que lo que deja ver su mirada, su postura, en general, es algo similar a la indiferencia, como si dijera “sí, estoy acá, pero podría estar en cualquier lado y me daría exactamente lo mismo”.

Nunca, casi nunca, escuché a mi padre hablar bien de New York. Si uno lo presionaba (cómo deseaba oír de su voz algo, unas palabras siquiera, sobre mi ciudad preferida) podía llegar a contar alguna anécdota, pero eran anécdotas que escondían, bajo el tono de leve jocosidad que él intentaba darle, bastante de recelo y sarcasmo; anécdotas que rebajaban hasta lo nimio lo que se podría llamar su aventura de juventud (acaso la única cosa alocada y fuera de orden que hizo en su vida) y que consistían, casi siempre, en una descripción despectiva de los trabajos que tuvo y de las compañías relativamente peligrosas (latinos ilegales, buscavidas, etc.) que conoció.

Pero esos momentos de remembranza fueron, en los últimos años, cada vez más escasos y esa estadía en New York algo tan alejado de su esencia, que es como si fueran el sueño de una persona desconocida.

Aún hoy, que mi padre ha muerto, la ciudad que él despreció y que yo amo, se alza entre nosotros como una entidad fantasma, como un cúmulo irreal de edificios y laberintos, donde mi padre se pierde y yo lo busco, sin suerte, hasta que también me pierdo.







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