lunes, 8 de agosto de 2016

Historia de amor

                                                                                    A Isidoro Blaisten

Si en alguna reunión o haciendo un trámite, me preguntan a qué me dedico yo digo orgulloso que soy plomero especialista en destapes. Se ríen de mí, casi siempre. Lo toman a risa. Como si no fuera algo digno, como si el despelote de este país lo hubiéramos hecho nosotros, los trabajadores, y no la gente con estudios. En fin, para qué amargarme. Soy experto en destapes y bien orgulloso. ¿Saben por qué? Mi humilde labor, además de darme de comer, me dio una satisfacción que muchos envidiarían: he sido novio formal de la señora con mayúsculas, Inés Lafont.
La juventud lo más probable es que desconozca a esta gloria de nuestro cine pero aquel que no se cocine al primer hervor, sabrá a quien me refiero. ¿Quién de nosotros no soñó con los labios de Inés Lafont, con su melena rubia, con su, perdón por la guarangada, par de bustos prominentes, en ese escote siempre generoso? ¿Quién no la soñó por las noches? ¿Quién no la deseó en el baño con la revista Plumas? Imaginen lo que sentí en el corazón, cuando al concurrir al domicilio de un nuevo cliente, me abre la puerta ella, la Inés.
Estaba distinta, como es obvio. La melena rubia se había transformado en una cabellera castaña; los labios, muy pintados, eran otros. La voz, que nunca fue su fuerte, la verdad, seguía siendo finita y cómica. Pero su figura permanecía tan contundente y atractiva como siempre. Por el escote de su vestido, se veía el famoso medallón dorado que, desde toda la vida, era una presencia fija en el medio de su pecho. Apenas entré al departamento, le comenté un poco atropelladamente, mi admiración.
-Pensé que nadie se acordaba de mí –contestó ella,  con una sonrisa algo triste.
-Pero, Doña Inés–dije-. Si usted es una gloria. Por favor. Ha sido la admiración de medio país y ni le cuento de Barracas, donde hacíamos fila para ver sus películas.

Inés se reía y se tapaba la cara con vergüenza. Daba grititos. Parece una chica, pensé. Me acuerdo que fuimos por un pasillo largo, lleno de fotos y jarrones, hasta el baño, donde estaba el inodoro atascado. Metí un alambre, hice fuerza, un poco de presión y saqué una pelota de trapo que estaba atorando el caño. Al mostrarle el paquete a Inés, se puso como loca y me lo arrancó de las manos. En un santiamén, desapareció por el pasillo y me dejó solo. No dije nada. Guardé mis cosas, silbando bajito. Al rato, Inés apareció de nuevo y  me preguntó el precio. Tuve un segundo de debilidad.
-Por ser usted, se lo dejo gratis. Si fue una pavada.
-No lo permito-dijo-. Usted trabajó y tiene que cobrar.
No sé cómo me dio la cara, yo que siempre fui medio corto, pero le respondí que una buena paga sería tomar algo con ella, poder charlar un poco, recordar juntos. No olvide que soy su admirador número uno, dije como para rematar.
Ella se quedó pensativa, la vista clavada en mi cajón de herramientas, tocándose con una mano el medallón dorado. Yo no sabía dónde meterme.
-Soy una mujer grande y sola-dijo-. No sé si corresponde. Usted sabrá que no tengo hijos y mi esposo, pobrecito, murió hace tiempo.
Claro que lo sabía. Su esposo, Ismael Labruna, fue un famoso director de cine que la descubrió, en no sé qué carnaval de provincia, y la llevó a la fama, dirigiéndola en todas sus películas. Había fallecido años atrás, de un cáncer, creo, y ella, desde ese momento, por la tristeza, dejó de trabajar.  
-Entiendo perfectamente, Doña Inés-dije-. Disculpe el atrevimiento.
-Bueno, no es para tanto–me contestó, riendo-. No ha hecho nada malo. Si quiere puede venir mañana a tomar el té. Y deje de decirme doña, que me siento una vieja.
Salí como volando por el aire de la emoción. Me sentía renovado, no sé cómo decirlo, hecho un adolescente. Esa misma tarde destapé un caño en un tenedor libre chino y hasta les hice rebaja. Soy un hombre mayor, quiero que me entiendan. Un hombre de 67 años, sin hijos, que hace mucho que está viudo y de repente me cae del cielo esta posibilidad de visitar, en calidad de admirador, a Inés Lafont. Qué más pedir de la vida.

Una vez en casa, abrí el placard, rebusqué entre todas mis pilchas y elegí la mejor camisa, el mejor saco, ni hablar del pantalón, que estaba flamante, de la comunión de Waldo, mi sobrino. Llevé todo a la tintorería y les pedí, por favor, rapidez y esmero. El Manco Trubiano, en la esquina de Rivadavia y Santiago del estero, me dejó los zapatos que eran dos espejos.
Es un poco triste recordar ahora aquella primera reunión, se me hace un nudo en la garganta. Apenas me senté a tomar el té frente a Inés, con unos scones que había comprado para la ocasión, puedo decir que entre los dos se inició como un magnetismo, una onda, como dicen ahora, algo que es muy difícil de explicar. Yo, que siempre fui medio corto, parecía un libro abierto: las cosas, lindas y un poco picarescas, que le dije a Inés; las cosas, lindas y picarescas, que me retrucaba ella; cómo nos entendimos enseguida, cómo nos miramos a los ojos, en fin, mucho más que cuando conocí a Pochi, mi mujer, que Dios la tenga en la gloria.
Inés me contó un montón de anécdotas de sus películas. De “Venganza en el trigal”, mi favorita, me enteré por ejemplo que en la escena donde ella se desnuda sobre la nieve, la nieve era en verdad tergopol picado y que el fondo de Bariloche era un cuadro. La película se filmó en Lanús. Lo que es la magia del cine, dije, cómo nos embromaban. Me enteré que el galán de “Estrago” era, bueno, sin ofender, ni dar nombres, lo que se dice homosexual. En fin, qué manera de reírnos. Nos dolían las mandíbulas. Yo, que pensaba quedarme un ratito, al final me fui como a las 9 de la noche. Y no me fui con las manos vacías: me fui con una cita para el sábado siguiente, para cenar con Inés en la costanera.

Ahí, ese sábado, frente al río, empezó nuestra felicidad. Comimos a lo grande, tomamos un vino, conversamos de cosas de la vida y nos reímos mucho. Ella estaba muy elegante, un vestido negro que le quedaba pintado, con el escote y el medallón dorado, reluciente, que brillaba una barbaridad. Qué mujer, Díos mío. No podía sacarle los ojos de encima. Todos la miraban. Hasta el mozo, que casi tira la bandeja con los riñoncitos.
En un momento, ya en la sobremesa, después del almendrado y bastante achispado por el vinito, yo, que siempre fui muy corto, me acerqué a Inés, la abracé y sin darle tiempo a reaccionar, le di un beso. Imaginen qué placer para mí, besar a semejante leyenda, a mi primer amor. Y, sin agrandarme, digo que fui correspondido. Nuestros labios se unían y mi mente, como una golondrina, flotaba en el recuerdo de la sala Gran Belgrano, a oscuras, ella en la pantalla, sonriendo, mágica, chapoteando desnuda en el río y yo en la butaca, con todos las ansiedades de los catorce pirulos. Y después esa golondrina recorrió toda mi vida, la juventud, los caños, los bailes, el casamiento con la Pochi, su muerte, el encuentro con Inés y ahora este beso.
Ese sábado, dije, empezó nuestra felicidad y no miento. Arrancamos tranquilos, sin apuro, con mucho respeto. El primer mes, la relación constó más que nada de salidas a restaurants y cafés. Y después yo la llevaba hasta su departamento en la camioneta y me volvía, feliz, para mi casa. Hablábamos mucho por teléfono, Inés me llamaba y me contaba cosas que le pasaban o me leía cartas viejas de algún admirador. Para que te pongas celoso, me decía.
Y yo algo celoso me ponía, la verdad. Porque bueno, a la larga, somos hombre y mujer. Cómo lo digo. A ver. Aunque tengamos unos cuantos años encima, a mí con tantos besos y abrazos me empezó a picar el bichito de las ganas, no sé si me explico, me empezó a agarrar una sensualidad bárbara. Inés, que no era ninguna tonta, se dio cuenta, pero siempre me mantuvo a raya.
Yo soy un caballero y, como ya conté, siempre fui medio corto, por lo que la cuestión de las relaciones, tal vez se hubiera quedado ahí por siempre, sin resolverse. Pero Inés también tenía sangre en las venas y una noche, más o menos para el tercer mes de noviazgo, cuando ya arrancaba la camioneta para irme, me agarró de las manos y me pidió que subiera al departamento con ella.
Como en un sueño, me acuerdo que fuimos abrazados hasta el dormitorio principal, que era muy lindo, alfombrado, lleno de fotos de Inés en varios lugares del mundo. Por suerte, no vi fotos del finado marido porque me hubiera sentido incómodo. En el medio de la habitación, había una cama de dos plazas que era un espectáculo.
No debería contar algunas cosas porque son de la intimidad privada de la pareja, pero digamos que Inés me pidió que me sentara en la cama. Después, se paró enfrente mío.
-Tengo que mostrarte algo-dijo y yo me acordé (miren lo que es la cabeza de uno) de una película de ella, en que decía la misma frase y luego se desnudaba en los brazos de Emilio Masseratti y rodaban por el pasto.
Inés dijo con un temblor en la voz:
-Voy a mostrarte algo, Oscar, solamente porque confío en vos. Porque te quiero y es necesario que lo sepas.
Entonces, muy despacio, se quitó el vestido y quedó desnuda, únicamente con el medallón. Se quitó el medallón. En medio de los pechos tenía un ojito que me miraba.
-Nadie sabe que lo tengo–dijo-. Nadie salvo mi médico personal y mi difunto. Ninguno pudo decirme por qué me sale este ojo, justo acá. Cada mes me sale uno nuevo y éste se muere y se cae. Yo tengo que juntarlo y tirarlo. Ya estoy acostumbrada y nunca tuve problemas. Pero esa vez, se trabó el inodoro y tuve que llamarte. Cuando encontraste el paquete con el ojo, casi me muero. Es un secreto, entendés. Ahora que somos íntimos, puedo contártelo.
-Por eso usabas el medallón-dije. 
-Claro. Lo tengo desde la infancia, cuando me apareció el primer ojo. Me daba mucha vergüenza. Encima me salió este cuerpito. Imagináte. Todos mirándome. Después, con el asunto de las películas, el medallón se volvió una leyenda. Una parte de mí. Pensá en los inconvenientes que hubiera tenido si descubren esta locura, esta cosa anormal…
Inés estaba por llorar. La ayudé a vestirse y le traje un vaso de agua. Nos abrazamos y le dije algo que me salió del corazón:
-No me importa ese ojito. Siempre te voy a querer. Hagamos como que no está. Que no se meta entre nosotros.
Tengo que confesar que la pasión, después de que dije estas palabras, encontró su camino. Y de qué forma. Pero son cosas que me llevo a la tumba, como un caballero. Puedo contar, sí, que por las tardes, después de mi trabajo, pasaba a buscar a Inés y nos íbamos a tomar el té y a recorrer galerías. Los sábados comíamos en la costanera, mirando el río, como en nuestra primera noche. Los domingos paseábamos por el centro o nos mandábamos un asadito en algún lado. La acompañaba al doctor, ella me ayudaba con los trámites de la jubilación. Fuimos muy compañeros.
El tercer ojo de Inés nunca fue un problema. Una vez por mes, cuando se le desprendía, lo tirábamos al inodoro, yo supervisando todo para que no hubiera problemas de taponeo. Tanto tiempo la vi con el medallón que estaba acostumbrado. Si ella se lo sacaba, para lustrarlo o por cualquier motivo, me ponía triste.
Hace un año, justo para la primavera, Inés murió. Fue algo tan repentino que, gracias a Dios, casi no sufrió. Los médicos, cosas rara, no encontraron ni rastros del ojo. La clínica se llenó de periodistas e Inés, que estaba tan olvidada, volvió a salir, por un día, en todos los diarios.

Yo me mantuve al margen y, con el corazón destrozado, volví, como pude, a mi vida anterior. Todavía me cuesta, la verdad. La extraño mucho. En mi casa tengo el medallón dorado, en una repisa, al lado de una foto que Inés me dedicó, donde se está riendo, desnuda, chapoteando en un río de aguas oscuras. 

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